El gnomo 🧙‍♂️

I

Las muchachas del lugar volvĂ­an de la fuente con sus cĂĄntaros en la cabeza, volvĂ­an cantando y riendo con un ruido y una algazara que solo pudieran compararse a la alegre algarabĂ­a de una banda de golondrinas cuando revolotean espesas como el granizo alrededor de la veleta de un campanario.

En el pĂłrtico de la iglesia, y sentado al pie de un enebro, estaba el tĂ­o Gregorio. El tĂ­o Gregorio era el mĂĄs viejecito del lugar: tenĂ­a cerca de noventa navidades, el pelo blanco, la boca de risa, los ojos alegres y las manos temblonas. De niño fue pastor, de joven soldado; despuĂ©s cultivĂł una pequeña heredad, patrimonio de sus padres, hasta que, por Ășltimo, le faltaron las fuerzas y se sentĂł tranquilo a esperar la muerte, que ni temĂ­a ni deseaba. Nadie contaba un chascarrillo con mĂĄs gracia que Ă©l, ni sabĂ­a historias mĂĄs estupendas, ni traĂ­a a cuento tan oportunamente un refrĂĄn, una sentencia o un adagio.

Las muchachas, al verle, apresuraron el paso con ĂĄnimo de irle a hablar, y cuando estuvieron en el pĂłrtico, todas comenzaron a suplicarle que les contase una historia con que entretener el tiempo que aĂșn faltaba para hacerse de noche, que no era mucho, pues el sol poniente herĂ­a de soslayo la tierra, y las sombras de los montes se dilataban por momentos a lo largo de la llanura.

El tĂ­o Gregorio escuchĂł sonriendo la peticiĂłn de las muchachas, las cuales, una vez obtenida la promesa de que les referĂ­a alguna cosa, dejaron los cĂĄntaros en el suelo, y sentĂĄndose a su alrededor formaron un corro, en cuyo centro quedĂł el viejecito, que comenzĂł a hablarles de esta manera:

No os contaré una historia, porque aunque recuerdo algunas en este momento, atañen a cosas tan graves, que ni vosotras, que sois unas locuelas, me prestaríais atención para escucharlas, ni a mí, por lo avanzado de la tarde, me quedaría espacio para referirlas. Os daré en su lugar un consejo.

¡Un consejo! exclamaron las muchachas con aire visible de mal humor. ¡Bah!, no es para oĂ­r consejos para lo que nos hemos detenido; cuando nos hagan falta ya nos los darĂĄ el señor cura.

Es prosiguiĂł el anciano con su habitual sonrisa y su voz cascada y temblona que el señor cura acaso no sabrĂ­a dĂĄrosle en esta ocasiĂłn tan oportuna como os lo puede dar el tĂ­o Gregorio; porque Ă©l, ocupado en sus rezos y letanĂ­as, no habrĂĄ echado, como yo, de ver que cada dĂ­a vais por agua a la fuente mĂĄs temprano y volvĂ©is mĂĄs tarde.

Las muchachas se miraron entre sí con una imperceptible sonrisa de burla: no faltando algunas de las que estaban colocadas a sus espaldas que se tocasen la frente con el dedo, acompañando su acción con un gesto significativo.

¿Y quĂ© mal encontrĂĄis en que nos detengamos en la fuente charlando un rato con las amigas y vecinas?… dijo una de ellas. ¿Andan acaso chismes en el lugar porque los mozos salen al camino a echarnos flores o vienen a brindarse para traer nuestros cĂĄntaros hasta la entrada del pueblo?

De todo hay contestĂł el viejo a la moza que le habĂ­a dirigido la palabra en nombre de sus compañeras. Las viejas del lugar murmuran de que hoy vayan las muchachas a loquear y entretenerse a un sitio al cual ellas llegaban de prisa y temblando a tomar el agua, pues solo de allĂ­ puede traerse; y yo encuentro mal que perdĂĄis poco a poco el temor que a todos inspira el sitio donde se halla la fuente, porque podrĂ­a acontecer que alguna vez os sorprendiese en Ă©l la noche.

El tĂ­o Gregorio pronunciĂł estas Ășltimas palabras con un tono tan lleno de misterio, que las muchachas abrieron los ojos espantadas para mirarle, y con mezcla de curiosidad y burla tornaron a insistir:

¡La noche! ¿Pues quĂ© pasa de noche en ese sitio, que tales aspavientos hacĂ©is y con tan temerosas y oscuras palabras nos hablĂĄis de lo que allĂ­ podrĂ­a acontecernos? ¿Se nos comerĂĄn acaso los lobos?

Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos, arrojados de sus guaridas, bajan en rebaños por su falda, y mĂĄs de una vez los hemos oĂ­do aullar en horroroso concierto, no solo en los alrededores de la fuente, sino en las mismas calles del lugar; pero no son los lobos los huĂ©spedes mĂĄs terribles del Moncayo: en sus profundas simas, en sus cumbres solitarias y ĂĄsperas, en su hueco seno, viven unos espĂ­ritus diabĂłlicos que durante la noche bajan por sus vertientes como un enjambre, y pueblan el vacĂ­o, y hormiguean en la llanura, y saltan de roca en roca, juegan entre las aguas o se mecen en las desnudas ramas de los ĂĄrboles. Ellos son los que aĂșllan en las grietas de las peñas; ellos los que forman y empujan esas inmensas bolas de nieve que bajan rodando desde los altos picos y arrollan y aplastan cuanto encuentran a su paso; ellos los que llaman con el granizo a nuestros cristales en las noches de lluvia y corren como llamas azules y ligeras sobre el haz de los pantanos. Entre estos espĂ­ritus que, arrojados de las llanuras por las bendiciones y los exorcismos de la Iglesia, han ido a refugiarse a las crestas inaccesibles de las montañas, los hay de diferente naturaleza y que al parecer a nuestros ojos se revisten de formas variadas. Los mĂĄs peligrosos, sin embargo, los que se insinĂșan con dulces palabras en el corazĂłn de las jĂłvenes y las deslumbran con promesas magnĂ­ficas, son los gnomos. Los gnomos viven en las entrañas de los montes; conocen sus caminos subterrĂĄneos, y, eternos guardadores de los tesoros que encierran, velan dĂ­a y noche junto a los veneros de los metales y las piedras preciosas. ¿Veis? prosiguiĂł el viejo señalando con el palo que le servĂ­a de apoyo la cumbre del Moncayo, que se levantaba a su derecha, destacĂĄndose oscuro y gigantesco sobre el cielo violado y brumoso del crepĂșsculo, ¿veis esa inmensa mole coronada aĂșn de nieve?, pues en su seno tienen sus moradas esos diabĂłlicos espĂ­ritus. El palacio que habitan es horroroso y magnĂ­fico a la vez.

Hace muchos años que un pastor, siguiendo a una res extraviada, penetrĂł por la boca de una de esas cuevas, cuyas entradas cubren espesos matorrales y cuyo fin no ha visto ninguno. Cuando volviĂł al lugar, estaba pĂĄlido como la muerte; habĂ­a sorprendido el secreto de los gnomos; habĂ­a respirado su envenenada atmĂłsfera, y pagĂł su atrevimiento con la vida; pero antes de morir refiriĂł cosas estupendas. Andando por aquella caverna adelante, habĂ­a encontrado al fin unas galerĂ­as subterrĂĄneas e inmensas, alumbradas con un resplandor dudoso y fantĂĄstico, producido por la fosforescencia de las rocas, semejantes allĂ­ a grandes pedazos de cristal cuajado de mil formas caprichosas y extrañas. El suelo, la bĂłveda y las paredes de aquellos extensos salones, obra de la Naturaleza, parecĂ­an jaspeados como los mĂĄrmoles mĂĄs ricos; pero las vetas que los cruzaban eran de oro y plata, y entre aquellas vetas brillantes se veĂ­an como incrustadas multitud de piedras preciosas de todos los colores y tamaños. AllĂ­ habĂ­a jacintos y esmeraldas en montĂłn, y diamantes, y rubĂ­es, y zafiros, y quĂ© sĂ© yo, otras muchas piedras desconocidas que Ă©l no supo nombrar; pero tan grandes y tan hermosas, que sus ojos se deslumbraron al contemplarlas. NingĂșn ruido exterior llegaba al fondo de la fantĂĄstica caverna; solo se percibĂ­an a intervalos unos gemidos largos y lastimosos del aire que discurrĂ­a por aquel laberinto encantado, un rumor confuso de fuego subterrĂĄneo que hervĂ­a comprimido, y murmullos de aguas corrientes que pasaban sin saberse por dĂłnde.

El pastor, solo y perdido en aquella inmensidad, anduvo no sĂ© cuantas horas sin hallar la salida, hasta que por Ășltimo tropezĂł con el nacimiento del manantial cuyo murmullo habĂ­a oĂ­do. Este brotaba del suelo como una fuente maravillosa, con un salto de agua coronado de espuma, que caĂ­a firmando una vistosa cascada y produciendo un murmullo sonoro al alejarse resbalando por entre las quebraduras de las peñas. A su alrededor crecĂ­an unas plantas nunca vistas, con hojas anchas y gruesas las unas, delgadas y largas como cintas flotantes las otras. Medio escondidos entre aquella hĂșmeda frondosidad discurrĂ­an unos seres extraños, en parte hombres, en parte reptiles, o ambas cosas a la vez, pues transformĂĄndose continuamente, ora parecĂ­an criaturas humanas, deformes y pequeñuelas, ora salamandras luminosas o llamas fugaces que danzaban en cĂ­rculos sobre la cĂșspide del surtidor. AllĂ­, agitĂĄndose en todas direcciones, corriendo por el suelo en forma de enanos repugnantes y contrahechos, encaramĂĄndose en las paredes, babeando y retorciĂ©ndose en figura de reptiles, o bailando con apariencia de fuegos fatuos sobre el haz del agua, andaban los gnomos, señores de aquellos lugares, cantando y removiendo sus fabulosas riquezas. Ellos saben dĂłnde guardan los avaros esos tesoros que en vano buscan despuĂ©s los herederos; ellos conocen el lugar donde los moros, antes de huir, ocultaron sus joyas; y las alhajas que se pierden, las monedas que se extravĂ­an, todo lo que tiene algĂșn valor y desaparece, ellos son los que lo buscan, lo encuentran y lo roban para esconderlo en sus guaridas, porque ellos saben andar todo el mundo por debajo de la tierra y por caminos secretos e ignorados. AllĂ­ tenĂ­an, pues, hacinados en montĂłn toda clase de objetos raros y preciosos. HabĂ­a joyas de un valor inestimable, collares y gargantillas de perlas y piedras finas; ĂĄnforas de oro, de formas antiquĂ­simas, llenas de rubĂ­es; copas cinceladas, armas ricas, monedas con bustos y leyendas imposibles de conocer o descifrar; tesoros, en fin, tan fabulosos e inmensos, que la imaginaciĂłn apenas puede concebirlos. Y todo brillaba a la vez lanzando unas chispas de colores y unos reflejos tan vivos, que parecĂ­a como que todo estaba ardiendo y se movĂ­a y temblaba. Al menos, el pastor refiriĂł que asĂ­ le habĂ­a parecido.

Al llegar aquí el anciano se detuvo un momento: las muchachas, que comenzaron por oír la relación del tío Gregorio con una sonrisa de burla, guardaban entonces un profundo silencio, esperando a que continuase, con los ojos espantados, los labios ligeramente entreabiertos y la curiosidad y el interés pintados en el rostro. Una de ellas rompió al fin el silencio y exclamó sin poderse contener, entusiasmada al oír la descripción de las fabulosas riquezas que se habían ofrecido a la vista del pastor:

Y quĂ©, ¿no se trajo nada de aquello?

Nada contestĂł el tĂ­o Gregorio.

¡QuĂ© tonto! exclamaron en coro las muchachas.

El cielo le ayudĂł en el trance prosiguiĂł el anciano, pues en aquel momento en que la avaricia, que a todo se sobrepone, comenzaba a disipar su miedo, y alucinado a la vista de aquellas joyas, de las cuales una sola bastarĂ­a a hacerle poderoso, el pastor iba a apoderarse de algunas, dice que oyĂł, ¡maravillaos del suceso!, oyĂł claro y distinto en aquellas profundidades, y a pesar de las carcajadas y las voces de los gnomos, del hervidero del fuego subterrĂĄneo, del rumor de las aguas corrientes y de los lamentos del aire, oyĂł, digo, como si estuviese al pie de la colina en que se encuentra, el clamor de la campana que hay en la ermita de Nuestra Señora del Moncayo.

Al oír la campana que tocaba el Ave María, el pastor cayó al suelo invocando a la madre de Nuestro Señor Jesucristo, y sin saber cómo ni por dónde se encontró fuera de aquellos lugares, y en el camino que conduce al pueblo, echado en una senda y presa de un gran estupor, como si hubiera salido de un sueño.

Desde entonces se explicó todo el mundo por qué la fuente del lugar trae a veces entre sus aguas como un polvo finísimo de oro; y cuando llega la noche, en el rumor que produce, se oyen palabras confusas, palabras engañosas con que los gnomos que la inficionan desde su nacimiento procuran seducir a los incautos que les prestan oídos, prometiéndoles riquezas y tesoros que han de ser su condenación.

Cuando el tío Gregorio llegaba a este punto de su historia, ya la noche había entrado y la campana de la iglesia comenzó a tocar las oraciones. Las muchachas se persignaron devotamente, murmurando un Ave María en voz baja, y después de despedirse del tío Gregorio, que les tornó a aconsejar que no perdieran el tiempo en la fuente, cada cual tomó su cåntaro, y todas juntas salieron silenciosas y preocupadas del atrio de la iglesia. Ya lejos del sitio en que se encontraron al viejecito, y cuando estuvieron en la plaza del lugar donde habían de separarse, exclamó la mås resuelta y decidora de ellas:

¿Vosotras creĂ©is algo de las tonterĂ­as que nos ha contado el tĂ­o Gregorio?

¡Yo no! dijo una.

¡Yo tampoco! exclamĂł otra.

¡Ni yo! ¡Ni yo! repitieron las demĂĄs, burlĂĄndose con risas de su credulidad de un momento.

El grupo de las mozuelas se disolviĂł alejĂĄndose cada cual hacia uno de los extremos de la plaza. Luego que doblaron las esquinas de las diferentes calles que venĂ­an a desembocar a aquel sitio, dos muchachas, las Ășnicas que no habĂ­an desplegado aĂșn los labios para protestar con sus burlas de la veracidad del tĂ­o Gregorio, y que, preocupadas con la maravillosa relaciĂłn, parecĂ­an absortas en sus ideas, se marcharon juntas y con esa lentitud propia de las personas distraĂ­das, por una calleja sombrĂ­a, estrecha y tortuosa.

De aquellas dos muchachas, la mayor, que parecĂ­a tener unos veinte años, se llamaba Marta; y la mĂĄs pequeña, que aĂșn no habĂ­a cumplido los diecisĂ©is, Magdalena.

El tiempo que durĂł el camino, ambas guardaron un profundo silencio; pero cuando llegaron a los umbrales de su casa y dejaran los cĂĄntaros en el asiento de piedra del portal, Marta dijo a Magdalena:

¿Y tĂș crees en las maravillas del Moncayo y en los espĂ­ritus de la fuente?…

Yo contestĂł Magdalena con sencillez, yo creo en todo. ¿Dudas tĂș acaso?

¡Oh, no! se apresurĂł a interrumpir Marta— yo tambiĂ©n creo en todo, en todo lo que deseo creer.

II

Marta y Magdalena eran hermanas. Huérfanas desde los primeros años de la niñez, vivían miserablemente a la sombra de una parienta de su madre que las había recogido por caridad, y que a cada paso les hacía sentir con sus dicterios y sus humillantes palabras el peso de su beneficio. Todo parecía contribuir a que se estrechasen los lazos del cariño entre aquellas dos almas hermanas, no solo por el vínculo de la sangre, sino por los de la miseria y el sufrimiento; y, sin embargo, entre Marta y Magdalena existían una sorda emulación, una secreta antipatía que solo pudiera explicar el estudio de sus caracteres, tan en absoluta contraposición como sus tipos.

Marta era altiva, vehemente en sus inclinaciones y de una rudeza salvaje en la expresión de sus afectos: no sabía ni reír ni llorar, y por eso no había llorado ni reído nunca. Magdalena, por el contrario, era humilde, amante, bondadosa, y en mås de una ocasión se la vio llorar y reír a la vez como los niños.

Marta tenía los ojos mås negros que la noche, y de entre sus oscuras pestañas diríase que a intervalos saltaban chispas de fuego como de un carbón ardiente.

La pupila azul de Magdalena parecía nadar en un fluido de luz dentro del cerco de oro de sus pestañas rubias. Y todo era en ellas armónico con la diversa expresión de sus ojos. Marta, enjuta de carnes, quebrada de color, de estatura esbelta, movimientos rígidos y cabellos crespos y oscuros, que sombreaban su frente y caían por sus hombros como un manto de terciopelo: formaba un singular contraste con Magdalena, blanca, rosada, pequeña, infantil en su fisonomía y sus formas, y con unas trenzas rubias que rodeaban sus sienes, semejantes al nimbo dorado de la cabeza de un ångel.

A pesar de la inexplicable repulsiĂłn que sentĂ­an la una por la otra, las dos hermanas habĂ­an vivido hasta entonces en una especie de indiferencia, que hubiera podido confundirse con la paz y el afecto: no habĂ­an tenido caricias que disputarse, ni preferencias que envidiar; iguales en la desgracia y el dolor. Marta se habĂ­a encerrado para sufrir en un egoĂ­sta y altivo silencio: y Magdalena, encontrando seco el corazĂłn de su hermana, lloraba a solas cuando las lĂĄgrimas se agolpaban involuntariamente a sus ojos.

NingĂșn sentimiento era comĂșn entre ellas; nunca se confiaron sus alegrĂ­as y sus pesares, y sin embargo, el Ășnico secreto que procuraban esconder en lo mĂĄs profundo del corazĂłn, se lo habĂ­an adivinado mutuamente con ese instinto maravilloso de la mujer enamorada y celosa. Marta y Magdalena tenĂ­an efectivamente puestos sus ojos en un mismo hombre.

La pasión de la una era el deseo tenaz, hijo de un caråcter indomable y voluntarioso; en la otra, el cariño se parecía a esa vaga y espontånea ternura de la adolescencia, que necesitando un objeto en qué emplearse, ama el primero que se ofrece a su vista. Ambas guardaban el secreto de su amor, porque el hombre que lo había inspirado tal vez hubiera hecho mofa de un cariño que se podía interpretar como ambición absurda en unas muchachas plebeyas y miserables. Ambas, a pesar de la distancia que las separaba del objeto de su pasión, alimentaban una esperanza remota de poseerle.

Cerca del lugar, y sobre un alto que dominaba los contornos, había un antiguo castillo abandonado por sus dueños. Las viejas, en las noches de velada, referían una historia llena de maravillas acerca de sus fundadores. Contaban que hallåndose el rey de Aragón en guerra con sus enemigos, agotados ya sus recursos, abandonado de sus parciales y próximo a perder el trono, se le presentó un día una pastorcita de aquella comarca, y después de revelarle la existencia de unos subterråneos por donde podía atravesar el Moncayo sin que lo advirtiesen sus enemigos, le dio un tesoro en perlas finas, riquísimas piedras preciosas y barras de oro y plata, con las cuales el rey pagó sus mesnadas, levantó un poderoso ejército, y marchando por debajo de la tierra durante toda una noche, cayó al otro día sobre sus contrarios y los desbarató, asegurando la corona en su cabeza.

Después que hubo alcanzado tan señalada victoria, cuentan que dijo el rey a la pastorcita:

PĂ­deme lo que quieras, que, aun cuando fuese la mitad de mi reino, juro que te lo he de dar al instante.

Yo no quiero mĂĄs que volverme a cuidar de mi rebaño respondiĂł la pastorcita.

No cuidarĂĄs sino de mis fronteras replicĂł el rey, y le dio el señorĂ­o de toda la raya, y le mandĂł edificar una fortaleza en el pueblo mĂĄs fronterizo a Castilla, adonde se trasladĂł la pastora, casada ya con uno de los favoritos del rey, noble, galĂĄn, valiente y señor asimismo de muchas fortalezas y muchos feudos.

La estupenda relación del tío Gregorio acerca de los gnomos del Moncayo, cuyo secreto estaba en la fuente del lugar, exaltó nuevamente las locas fantasías de las dos enamoradas hermanas, completando, por decirlo así, la ignorada historia del tesoro hallado por la pastorcita de la conseja: tesoro cuyo recuerdo había turbado mås de una vez sus noches de insomnio y de amargura, presentåndose a su imaginación como un débil rayo de esperanza.

La noche siguiente a la tarde del encuentro con el tío Gregorio, todas las muchachas del lugar hicieron conversación en sus casas de la estupenda historia que les había referido. Marta y Magdalena guardaron un profundo silencio; y ni en aquella noche, ni en todo el día que amaneció después, volvieron a cambiar una sola palabra relativa al asunto, tema de todas las conversaciones y objeto de los comentarios de sus vecinas.

Cuando llegĂł la hora de costumbre, Magdalena tomĂł su cĂĄntaro y le dijo a su hermana:

¿Vamos a la fuente?

Marta no contestĂł, y Magdalena volviĂł a decirle:

¿Vamos a la fuente? Mira que si no nos apresuramos se pondrĂĄ el sol antes de la vuelta.

Marta exclamĂł al fin con un acento breve y ĂĄspero:

Yo no quiero ir hoy.

Ni yo tampoco añadiĂł Magdalena despuĂ©s de un instante de silencio, durante el cual mantuvo los ojos clavados en los de su hermana, como si quisiera adivinar en ellos la causa de su resoluciĂłn.

III

Las muchachas del lugar hacĂ­a cerca de una hora que estaban de vuelta en sus casas. La Ășltima luz del crepĂșsculo se habĂ­a apagado en el horizonte, y la noche comenzaba a cerrar de cada vez mĂĄs oscura, cuando Marta y Magdalena, esquivĂĄndose mutuamente y cada cual por diverso camino, salieron del pueblo con direcciĂłn a la fuente misteriosa. La fuente brotaba escondida entre unos riscos cubiertos de musgo en el fondo de una larga alameda. DespuĂ©s que se fueron apagando poco a poco los rumores del dĂ­a y ya no se escuchaba el lejano eco de la voz de los labradores que vuelven caballeros en sus yuntas cantando al compĂĄs del timĂłn del arado que arrastran por la tierra; despuĂ©s que se dejĂł de percibir el monĂłtono ruido de las esquilillas del ganado, y las voces de los pastores, y el ladrido de los perros que reĂșnen las reses, y sonĂł en la torre del lugar la postrera campanada del toque de oraciones, reinĂł ese doble y augusto silencio de la noche y la soledad; silencio lleno de murmullos extraños y leves que lo hacen aĂșn mĂĄs perceptibles.

Marta y Magdalena se deslizaron por entre el laberinto de los ĂĄrboles, y, protegidas por la oscuridad, llegaron sin verse al fin de la alameda. Marta no conocĂ­a el temor, y sus pasos eran firmes y seguros. Magdalena temblaba con solo el ruido que producĂ­an sus pies al hollar las hojas secas que tapizaban el suelo. Cuando las dos hermanas estuvieron junto a la fuente, el viento de la noche comenzĂł a agitar las copas de los ĂĄlamos, y al murmullo de sus soplos desiguales parecĂ­a responder el agua del manantial con un rumor compasado y uniforme.

Marta y Magdalena prestaron atenciĂłn a aquellos ruidos que pasaban bajo sus pies como un susurro constante, y sobre sus cabezas como un lamento que nacĂ­a y se apagaba para tornar y crecer y dilatarse por la espesura. A medida que transcurrĂ­an las horas, aquel sonar eterno del aire y del agua empezĂł a producir una extraña exaltaciĂłn, una especie de vĂ©rtigo, que, turbando la vista y zumbando en el oĂ­do, parecĂ­a trastornarlas por completo. Entonces, a la manera que se oye hablar entre sueños con un eco lejano y confuso, les pareciĂł percibir entre aquellos rumores sin nombre sonidos inarticulados como los de un niño que quiere y no puede llamar a su madre; luego palabras que se repetĂ­an una vez y otra, siempre lo mismo; despuĂ©s frases inconexas y dislocadas sin orden ni sentido, y por Ășltimo… por Ășltimo comenzaron a hablar el viento vagando entre los ĂĄrboles y el agua saltando de risco en risco.

Y hablaban asĂ­:

EL AGUA. ¡Mujer!…, ¡mujer!…, Ăłyeme…, Ăłyeme y acĂ©rcate para oĂ­rme, que yo besarĂ© tus pies mientras tiemblo al copiar tu imagen en el fondo sombrĂ­o de mis ondas ¡Mujer!…, Ăłyeme, que mis murmullos son palabras.

EL VIENTO. ¡Niña!… niña gentil, levanta tu cabeza, dĂ©jame en paz besar tu frente, en tanto que agito tus cabellos. Niña gentil, escĂșchame, que yo sĂ© hablar tambiĂ©n y murmurarĂ© al oĂ­do frases cariñosas.

MARTA. ¡Oh! ¡Habla, habla que yo te comprenderĂ© porque mi inteligencia flota en un vĂ©rtigo, como flotan tus palabras indecisas! Habla misteriosa corriente.

MAGDALENA. Tengo miedo. ¡Aire de la noche, aire de perfumes, refrescan mi frente que arde! Dime algo que me infunda valor porque mi espĂ­ritu vacila.

EL AGUA. Yo he cruzado el tenebroso seno de la tierra, he sorprendido el secreto de su maravillosa fecundidad, y conozco los fenĂłmenos de sus entrañas, donde germinan las futuras creaciones. Mi rumor adormece y despierta: despierta tĂș, que lo comprendes.

EL VIENTO. Yo soy el aire que mueven los ĂĄngeles con sus alas inmensas al cruzar el espacio. Yo amontono en el Occidente las nubes que ofrecen al sol un lecho de pĂșrpura, y traigo al amanecer, con las neblinas que se deshacen en gotas, una lluvia de perlas sobre las flores, mis suspiros son un bĂĄlsamo: ĂĄbreme tu corazĂłn y lo inundarĂ© de felicidad.

MARTA. Cuando yo oĂ­ por primera vez el murmullo de una corriente subterrĂĄnea, no en balde me inclinaba a la tierra prestĂĄndole oĂ­do. Con ella iba un misterio que yo debĂ­a comprender al cabo.

MAGDALENA. Suspiros del viento, yo os conozco: vosotros me acariciabais dormida cuando, fatigada por el llanto, me rendĂ­a al sueño en mi niñez, y vuestro rumor se me figuraban las palabras de una madre que arrulla a su hija.

El agua enmudeciĂł por algunos instantes, y no sonaba sino como agua que se rompe entre peñas. El viento callĂł tambiĂ©n, y su ruido no fue otra cosa que ruido de hojas movidas. AsĂ­ pasĂł algĂșn tiempo, y despuĂ©s volvieron a hablar, y hablaron asĂ­:

EL AGUA. DespuĂ©s de filtrarme gota a gota a travĂ©s del filĂłn de oro de una mina inagotable; despuĂ©s de correr por un lecho de plata y saltar como sobre guijarros entre un sinnĂșmero de zafiros y amatistas, arrastrando en vez de arenas diamantes y rubĂ­es, me he unido en misterioso consorcio a un genio. Rica con su poder y con las ocultas virtudes de las piedras preciosas y los metales, de cuyos ĂĄtomos vengo saturada, puedo ofrecerte cuanto ambicionas. Yo tengo la fuerza de un conjuro, el poder de un talismĂĄn y la virtud de las siete piedras y los siete colores.

EL VIENTO. Yo vengo de vagar por la llanura, y, como la abeja que vuelve a la colmena con su botĂ­n de perfumadas mieles, traigo suspiros de mujer, plegarias de niños, palabras de casto amor y aromas de nardos y azucenas silvestres. Yo no he recogido a mi paso mĂĄs que perfumes y ecos de armonĂ­as; mis tesoros son inmateriales, pero ellos dan la paz del alma y la vaga felicidad de sueños venturosos.

Mientras su hermana, atraĂ­da como por un encanto, se inclinaba al borde de la fuente para oĂ­r mejor, Magdalena se iba instintivamente separando de los riscos entre los cuales brotaba el manantial.

Ambas tenĂ­an sus ojos fijos, la una en el fondo de las aguas, la otra en el fondo del cielo.

Y exclamaba Magdalena mirando brillar los luceros en la altura:

Esos son los nimbos de luz de los ĂĄngeles invisibles que nos custodian.

En tanto decĂ­a Marta, viendo temblar en la linfa de la fuente el reflejo de las estrellas:

Esas son las partĂ­culas de oro que arrastra el agua en su misterioso curso.

El manantial y el viento, que por segunda vez habĂ­an enmudecido un instante, tornaron a hablar; y dijeron:

EL AGUA. Remonta mi corriente, desnĂșdate del temor como de una vestidura grosera, y osa traspasar los umbrales de lo desconocido. Yo he adivinado que tu espĂ­ritu es de la esencia de los espĂ­ritus superiores. La envidia te habrĂĄ arrojado tal vez del cielo para revolcarte en el lodo de la miseria. Yo veo, sin embargo, en tu frente sombrĂ­a un sello de altivez que te hace digna de nosotros, espĂ­ritus fuertes y libres… Ven, yo te voy a enseñar palabras mĂĄgicas de tal virtud, que al pronunciarlas se abrirĂĄn las rosas y te brindarĂĄn con los diamantes que estĂĄn en su seno, como las perlas en las conchas que sacan del fondo del mar los pescadores. Ven, te darĂ© tesoros para que vivas feliz; y mĂĄs tarde, cuando se quiebre la cĂĄrcel que te aprisiona, tu espĂ­ritu se asimilarĂĄ a los nuestros, que son espĂ­ritus humanos, y todos confundidos seremos la fuerza motora, el rayo vital de la creaciĂłn, que circula como un fluido por sus arterias subterrĂĄneas.

EL VIENTO. El agua lame la tierra y vive en el cieno: yo discurro por las regiones etĂ©reas y vuelo en el espacio sin lĂ­mites. Sigue los movimientos de tu corazĂłn, deja que tu alma suba como la llama y las azules espirales del humo. ¡Desdichado el que, teniendo alas, desciende a las profundidades para buscar el oro, pudiendo remontarse a la altura para encontrar amor y sentimiento! Vive oscura como la violeta, que yo te traerĂ© en un beso fecundo el germen vivificante de otra flor hermana tuya, y rasgarĂ© las nieblas para que no falte un rayo de sol que ilumine tu alegrĂ­a. Vive oscura, vive ignorada, que cuando tu espĂ­ritu se desate, yo lo subirĂ© a las regiones de la luz en una nube roja.

Callaron el viento y el agua, y apareciĂł el gnomo.

El gnomo era como un hombrecillo transparente: una especie de enano de luz, semejante a un fuego fatuo, que se reía a carcajadas, sin ruido, y saltaba de peña en peña, y mareaba con su vertiginosa movilidad. Unas veces se sumergía en el agua y continuaba brillando en el fondo como una joya de mil colores; otras salía a la superficie y agitaba los pies y las manos, y sacudía la cabeza a un lado y a otro con una rapidez que tocaba en prodigio.

Marta vio al gnomo y lo estuvo siguiendo con la vista extraviada en todas sus extravagantes evoluciones; y cuando el diabólico espíritu se lanzó al fin por entre las escabrosidades del Moncayo, como una llama que corre, agitando su cabellera de chispas, sintió una especie de atracción irresistible y siguió tras él con una carrera frenética.

¡Magdalena! decĂ­a en tanto el aire que se alejaba lentamente; y Magdalena, paso a paso y como una sonĂĄmbula, guiada en el sueño por una voz amiga, siguiĂł tras la rĂĄfaga, que iba suspirando por la llanura.

Después todo quedó otra vez en silencio en la oscura alameda, y el viento y el agua siguieron resonando con los murmullos y los rumores de siempre.

IV

Magdalena tornĂł al lugar pĂĄlida y llena de asombro. A Marta la esperaron en vano toda la noche.

Cuando llegĂł la tarde del otro dĂ­a, las muchachas encontraron un cĂĄntaro roto al borde de la fuente de la alameda. Era el cĂĄntaro de Marta, de la cual nunca volviĂł a saberse. Desde entonces las muchachas del lugar van por agua tan temprano, que madrugan con el Sol. Algunas me han asegurado que de noche se ha oĂ­do en mĂĄs de una ocasiĂłn el llanto de Marta, cuyo espĂ­ritu vive aprisionado en la fuente. Yo no sĂ© quĂ© crĂ©dito dar a esta Ășltima parte de la historia, porque la verdad es que desde entonces ninguno se ha atrevido a penetrar para oĂ­rlo en la alameda despuĂ©s del toque del Ave MarĂ­a.
Gustavo Adolfo Bécquer

a noche cayĂł hace rato sobre el lago. Sus aguas se mecen con suavidad en la negrura, alumbrada por la luz de una luna muy llena y por la llama diminuta de mi lĂĄmpara de aceite. El bosque duerme ya sin remedio. ¿QuĂ© pensarĂĄn sus habitantes de cuanto les he narrado? ¿Se habrĂĄn enfadado conmigo por leer en voz alta palabras que digan cosas sobre ellos asĂ­?

Theodor Kittelsen
(detalle)
Hace demasiado frĂ­o. Enero es terrible para mis huesos. BuscarĂ© el refugio de la casita. Debo hacerlo, viajero. Si llegara a enfermarme, ¿quiĂ©n cuidarĂ­a del duende?




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