41. El último secreto

¿Adónde vas, Titus B.?


Dónde vamos, dirás, mujercita.

Me mira de pie desde el suelo y, como es tan chico, tiene que levantar mucho la cabeza si quiere clavarme esos ojillos suyos de viejo enfadado.

¿Por qué?

Da media vuelta y agarra una de las pocas sillas de su tamaño que hay en la estancia. A la llama solitaria del candil que espanta la noche en la sala de la torre, el rostro muy serio del duende se llena de sombras.

Mira lo que encontré.

Cuando por fin llegué al fondo, me quedé boquiabierto. Estaba rodeado por centenares de tomos que tapizaban las paredes y el suelo de esta sala subterránea, de punta a punta y de arriba abajo.

¡Libros por todas partes! Libros de todos los grosores, colores, alturas y también idiomas, a juzgar por los variados símbolos e inscripciones de sus cubiertas. Algunos encuadernados en piel. Otros tan ajados que ya no conservaban ni rastro de sus tapas. Unos compuestos por rollos de papiro del Nilo. Otros, de pergamino procedente de la tierra que los griegos llamaban Anatolia y los romanos, Asia Menor, con el suave tacto de la piel de cordero.

Los libros reposaban en hileras sobre los alabeados estantes que recubrían las paredes. Estaban amontonados en el suelo, en tal número que solo dejaban un estrecho pasillo que iba de un extremo de la habitación al otro. Se apilaban debajo de la pesada mesa de madera, abarrotada de papeles y utensilios de escritura. También cubrían la mayor parte de la cama de pieles de oveja que había en una esquina.

✏️ Barron, T. A, Los años perdidos de Merlín


Va hasta la estantería que tiene más cerca
. No le hace falta encaramarse a ningún sitio ni nada para coger el libro que quiere mostrarme. Tira de él. Titus B. tiene mucha fuerza para ser tan anciano y tan pequeño. Lo abre en canal. Lo hojea, chuperreteándose el dedo índice para pasar las hojas, y al final se detiene en una página. Vuelve a la silla y se sienta.

Mira.

Me agacho a su lado. Huele a heno, Titus B. Siempre huele a heno. Miro lo que quiere que vea. Un grabado de Alberto Durero llamado Melancolía I:

Alberto Durero, "Melancolía I" (1514)
Alberto DureroMelancolía I (1514)

El ángel de la estampa no encuentra lo que busca, por eso se desespera... Nunca obtendremos oro del plomo, mujercita. La alquimia no es más que una metáfora de la senda que han de recorrer las almas en su búsqueda de la perfección perdida.

Levanto los ojos y miro al duende.

Pero Roger, el maestro, siempre dice... Si nos vamos, ¿qué pasará con Nimue?

Cierra el libro y se encoge de hombros. Está llenito de sombras y muy triste, Titus B.

Ella tiene su lugar.

Regresa al pie de la estantería y devuelve el tratado a su sitio. Sin mirar atrás, toma el Libro grande que llevaba desde ni se sabe agazapado en un rincón y se encamina hacia la puerta. Yo, que sigo acuclillada, me incorporo.

¿Y el maestro Roger? ¿Ni siquiera le diremos adiós?

Empuja la puerta por toda respuesta. Tras ella hay una escalera de caracol muy larga que desciende a lo largo del torreón a oscuras.

Tomo el candil y voy tras él. Bajamos peldaño a peldaño. Cruzamos salas, pasillos y puertas. Todo está abierto y solo a nuestro paso, dispuesto a dejarnos marchar. Al llegar a la verja de la entrada nos detenemos: los dos. Sin que ninguno hubiera tenido que decir detente un momento al otro. Volvemos la vista atrás...

La villa de los maestros se ha desvanecido.

El presente relato fue publicado, por primera vez, el día 3 de junio de 2013 en mi viejo blog: Cuentos de Brocelianda 🍂🐦.

Para que no se pierdan en el olvido, dejaré que dormiten aquí, bajo estas poquitas líneas, el comentario que recibió en aquel momento y la respuesta que yo le di 🙈, mira:


"Beato de Fernando I y doña Sancha" (BNE Vitr/14/2). Detalle
No te vayas, peregrino, sin dejar un comentario. 🙏🏻 Que, mientras esté formulado desde el respeto, será muy bien recibido 🙃✨️✨️ 

🧚‍♀️🐒 Lola 🦆🦉

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